
Una estación impropia era despeinada por el soplido del día, y peinada luego, por la sombra calma de la luna.
El sol iluminó la historia contada con letras, en las manos de un antiguo viajante, quien pasa nuevamente un periodo atemporal en cada hoja.
Cada línea denotaba lo amarillo de las luchas, el nervio del poder.
Los ojos del gobernador inmortalizaban las toscas palabras. La conquista del desierto de su ser y la perdida del mismo en cada proyectil, en cada caída de un ultimo suspiro exhalado sobre la tierra.
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